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Salud y bienestar en el medio siglo

Por Arantza Arouesty Dañobeitia

Para cuando lean este artículo habré cumplido ya mis 50 primaveras (medio siglo), con sus respectivos veranos, otoños e inviernos. Como la mayoría de quienes formamos parte de la llamada Generación X, enfrento a diario mi propia realidad, en un punto tal que veo la necesidad imperiosa de cuidar mi cuerpo, aun cuando mi mente se empeña en socavar cualquier rastro de fuerza de voluntad. Con ustedes voy a compartir mi experiencia en relación a los hábitos saludables que todos intentaremos adoptar en la madurez, tarde o temprano.

Ejercicio:

A mi edad los adipocitos se vuelven extremadamente rebeldes y cínicos, adoran acomodarse en los lugares donde puedan ser visibles desde cualquier perspectiva, para mayor humillación del huésped. Por eso procuro ejercitar con cierta frecuencia mi cuerpo petacón, claro, en la medida en que la Primera Ley de Newton me lo permite.

Salgo a correr por las mañanas muy temprano, a veces incluso motivada por un par de perrillos callejeros, a los que les ha dado por acompañarme muy de cerca con la macabra idea de masticarme un tobillo algún día. Ahora, luego de muchas semanas de durísimo entrenamiento, he obtenido dos grandes resultados: 1) supero en aguante a cualquier ladrón de Balderas, y 2) mi cuerpo sigue petacón.

Al llegar a esta etapa de mi vida me doy cuenta de que es más difícil ganar masa muscular que la lotería, por eso durante mis sesiones de gimnasio, en vez de sudar frustración al lado de algún Millennial con cuerpo de vértigo y exceso de energía para luego terminar en el consultorio de un ortopedista con irritante condescendencia, mejor me la llevo tranquila con el ejercicio y la comida.

Alimentación:

Todos tenemos alguna amiga “fitness” (por supuesto con algún desorden del tipo obsesivo-compulsivo). La mía creyó conveniente echarme una manita, y como ferviente seguidora de la tecnología, tuvo a bien descargar a mi celular una aplicación que contaba calorías y diseñaba dietas de hambre. Sólo recuerdo que se me nubló la vista, abrí la ventana del coche, y no volví a ver mi teléfono... ni a mi amiga. ¡Carajo, desde que la mercadotecnia descubrió la quínoa, no lo dejan a uno vivir en paz...!

Debo reconocer que desde hace años he tenido que aceptar que mi cuerpo ya no perdona desvelos, mal pasadas, gula, ni borracheras. Luego de haber sido el alma de la fiesta durante la juventud, hoy en día cualquier monje cartujo me vería como un dechado de mesura. No obstante, lo que nadie imagina, es que las crueles venganzas de mi cuerpo han logrado que mi mente funcione siguiendo un condicionamiento similar al que llevó a la fama al desgraciado “perro de Pavlov”. ¡Adiós amados excesos!

Salud:

Con lo que les he platicado ya, se pueden hacer una idea general de los esfuerzos que hago por mantener mi salud física a flote. Entiendo que con la edad el cuerpo se deteriora y no hay mucho qué hacer al respecto. Entiendo también que uno se mata probando ejercicios y dietas cuyos resultados suelen ser frustrantes, ya que hasta las aspirinas parecen tener un aporte calórico. Mi vecina, más práctica (y con marido rico), pasó de todo esto y visitó al cirujano plástico. Ahora presume su nuevo cuerpo de diosa de Chimalpopoca, y de paso, unos lindos labios de huachinango.

Mi salud mental se mantiene a flote en parte porque procuro alejarme de personas y situaciones tóxicas, aunque también es cierto que con la edad me he vuelto muy poco tolerante. Lo más probable es que prefiera quedarme en casa a leer un buen libro o disfrutar alguna serie por internet, a tener que convivir con alguien que me recuerde por qué razón debo hacer precisamente todo esto.

Y ya para despedirme, los dejo con éste, mi humilde consejo: hagan siempre lo que les venga en gana y quiéranse tal cual son. Coman y beban de todo mientras todavía puedan, porque ya en el medio siglo, lo que no engorda hace daño, y lo que adelgaza nos cae gordo... En fin, es muy complicado.

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